Aquello continuó durante mucho tiempo, hasta que un día llegó a los aposentos reales la hija ilegítima de uno de los soberanos vecinos. A la mañana siguiente, todo el palacio quedó paralizado por el horror al descubrir lo que había ocurrido aquella noche. 😮
El joven rey Adrian ocultaba un oscuro secreto del que en todo el reino solo se hablaba en susurros. Cada noche llevaban a sus aposentos a una joven distinta, y al amanecer los sirvientes retiraban su cuerpo cubierto con una sábana blanca. Nadie sabía qué sucedía detrás de aquellas puertas cerradas, porque ninguna persona que cruzara el umbral del dormitorio real después de la puesta de sol podía contar jamás la verdad.
Los habitantes vivían sumidos en un miedo constante. Para no provocar la ira del monarca, cada familia noble, tarde o temprano, debía entregar a una de sus hijas. Algunos intentaban huir, otros escondían a las jóvenes en monasterios, pero los soldados del rey encontraban a todos. Si una familia se negaba a obedecer la orden, sus bienes eran confiscados y los hombres acababan encerrados en los calabozos.

Lo más desconcertante era que en los cuerpos de las víctimas no se encontraba ninguna herida. Parecían haberse quedado dormidas y no haber despertado nunca más. Los médicos de la corte no lograban encontrar una explicación, y Adrian solo respondía con voz fría:
—Al parecer, ese era su destino.
Después de varios años, le llegó el turno al reino vecino. El anciano soberano guardó silencio durante mucho tiempo, hasta que finalmente ordenó que trajeran a una joven cuya existencia casi nadie conocía en la corte.
Era su hija ilegítima, Eliza.
HABÍA CRECIDO LEJOS DEL PALACIO, HABÍA RECIBIDO UNA EDUCACIÓN EXCELENTE Y CONOCÍA MUY BIEN LAS HIERBAS, LOS VENENOS Y LOS REMEDIOS CURATIVOS, YA QUE DURANTE MUCHOS AÑOS HABÍA AYUDADO A UN VIEJO SANADOR EN UNA PEQUEÑA ALDEA.
Su padre la miró lleno de culpa.
—No puedo negarme. Si lo hiciera, morirían miles de inocentes.
Eliza asintió con serenidad.
—No os preocupéis. Haré todo lo posible por volver.

Aquella noche la condujeron hasta los lujosos aposentos reales. El rey estaba sentado sobre una enorme cama y la observaba con una sonrisa inquietante.
—Mis invitadas suelen llorar —dijo con una mueca burlona.
—¿Y suelen saber lo que les espera aquí? —preguntó Eliza con calma.
EL REY SOLTÓ UNA CARCAJADA.
—Valiente. Eso me agrada.
Los sirvientes cerraron las pesadas puertas y quedaron solos. A la mañana siguiente, cuando abrieron los aposentos, todos contemplaron una escena aterradora. 😨😧
Eliza observó la habitación con atención. Casi de inmediato percibió un aroma extraño y dulzón que salía de los grandes braseros colocados junto al lecho del rey. Se acercó discretamente y notó que en ellos ardían lentamente unas hierbas desconocidas.
—¿No tenéis demasiado calor? —preguntó.
—Hace mucho que me acostumbré a esto —respondió Adrian.
En ese instante, todo quedó claro para ella. Años atrás, el viejo sanador le había hablado de una planta extremadamente rara cuyo humo era casi imperceptible. Respirarlo durante mucho tiempo en una habitación cerrada hacía que, durante el sueño, el corazón dejara de latir poco a poco. Quienes se acostumbraban a pequeñas dosis podían no advertir el peligro durante mucho tiempo, pero para todos los demás era mortal.
APROVECHANDO UN MOMENTO DE DISTRACCIÓN DEL REY, ABRIÓ EN SILENCIO UNA PEQUEÑA VENTANA Y LUEGO SACÓ DE SU MANGA UNA BOLSITA CON MENTA SECA Y AJENJO. AQUELLAS HIERBAS DEBILITABAN EL EFECTO DEL HUMO VENENOSO.
Unos minutos después, Adrian palideció de repente.
—¿Qué… qué está pasando?..
Intentó levantarse, pero las piernas no le respondieron.
—Habéis respirado vuestro propio veneno durante demasiado tiempo —dijo Eliza en voz baja—. Hasta ahora, sin embargo, siempre moría otra persona.
El rey miró los braseros con incredulidad.
—Eso es imposible…
—Al contrario. Quien os enseñó este método no os dijo que el veneno también estaba matando lentamente al dueño de esta habitación.
ELIZA NO PEGÓ OJO HASTA EL AMANECER. SE ASEGURÓ DE QUE EL FUEGO SE APAGARA POR COMPLETO Y DE QUE LAS VENTANAS PERMANECIERAN ABIERTAS DURANTE TODA LA NOCHE.
Cuando por la mañana las puertas de la habitación se abrieron de par en par, todo el palacio quedó paralizado por el horror.
Sobre la cama yacía el rey, vivo, pero apenas consciente. A su lado, Eliza estaba sentada tranquilamente, leyendo un viejo libro.
El comandante de la guardia la miraba sin poder creerlo.
—¿Cómo… cómo es posible que hayas sobrevivido?
Eliza señaló en silencio los braseros apagados.
Los médicos de la corte examinaron rápidamente las cenizas y encontraron en ellas restos de plantas extremadamente venenosas. Tras una larga investigación, se descubrió que muchos años atrás el alquimista de la corte había convencido al joven Adrian de que el humo de aquella mezcla lo protegería de atentados y le permitiría dormir con más tranquilidad. En realidad, él mismo había estado llevando al palacio durante años aquella mezcla mortal, que mataba a una joven tras otra mientras el rey se envenenaba lentamente junto con ellas.
Esa misma noche, el alquimista fue capturado. Confesó que desde el principio había planeado provocar la caída de la dinastía real de una forma en la que nadie descubriera jamás la verdad.
ADRIAN GUARDÓ SILENCIO DURANTE MUCHO TIEMPO Y, DESPUÉS, POR PRIMERA VEZ EN MUCHOS AÑOS, SALIÓ ANTE SUS SÚBDITOS SIN GUARDIAS.
—Soy culpable, porque descubrí la verdad demasiado tarde —dijo en voz baja—. Y cargaré con ese peso sobre mis hombros hasta el final de mi vida.
Desde aquel momento, aquella cruel costumbre fue abolida para siempre, y las familias que habían perdido a sus hijas recibieron todos los bienes del alquimista y una gran parte de las tierras reales.
