El coronel estaba de pie en la cubierta, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, y observaba tranquilamente el océano agitado. El viento cortaba el rostro como cuchillos, la helada alcanzaba los cuarenta grados bajo cero, y el agua helada bajo el barco parecía una trampa mortal para cualquiera que cayera en ella.
Cuando el cuerpo de la mujer desapareció entre las olas, en su rostro apareció una sonrisa apenas perceptible.
En aquel momento estaba convencido de que el problema había quedado resuelto de una vez por todas.
Había esperado ese día durante mucho tiempo.
Desde el primer momento en que apareció en el barco, todo empezó a salir mal. Era nueva, pero demasiado segura de sí misma. Demasiado honesta. Demasiado principista.
Ya el primer día notó cosas que otros preferían no ver: documentos falsificados, suministros que desaparecían y negocios sospechosos del coronel durante la misión. Y lo peor de todo: lo informó a sus superiores.
Aquella queja casi destruyó su carrera.
DESDE AQUEL MOMENTO NO OLVIDÓ LA OFENSA.
Solo esperaba el momento adecuado.
Y precisamente ese momento llegó.
El barco se encontraba lejos de la costa. La comunicación con tierra era débil, casi inexistente. No había nadie en cubierta: el frío quitaba las ganas de salir, y alrededor solo se extendían el hielo, el viento y el agua infinita.
Ella estaba junto a la barandilla, sin saber que a sus espaldas la decisión ya había sido tomada.
Él se acercó despacio, casi sin hacer ruido.
Un solo movimiento brusco.
— ¿Querías justicia? Pues aquí la tienes.
SU GRITO FUE ARREBATADO DE INMEDIATO POR EL VIENTO.
Y su cuerpo cayó al océano helado.
Varios marineros lo vieron todo.
Estaban cerca. Se miraron unos a otros con horror… pero nadie reaccionó. El miedo al coronel era más fuerte. Todos fingieron que no había pasado nada.
Y él, mirando cómo las olas se cerraban sobre la mujer, estaba seguro de que aquello era el final.
Pero se equivocaba.
El frío no la mató.
EL DOLOR NO LA DOBLEGÓ.
Con un esfuerzo enorme, luchando contra el agua helada que paralizaba el cuerpo, la mujer logró agarrarse a una estructura metálica junto al costado del barco.
Sus manos sangraban. Los dedos casi dejaban de obedecerle. Cada respiración era como si le clavaran un cuchillo en los pulmones.
Pero siguió trepando.
Centímetro a centímetro.
Mientras todos en cubierta estaban convencidos de que estaba muerta… ella regresó.
Y lo primero que hizo fue llegar hasta la radio.
Su voz temblaba por el frío, pero no por el miedo.
LO CONTÓ TODO.
Cada detalle.
Al día siguiente, cuando el barco se acercó a la estación militar, en el muelle ya esperaban agentes de la policía militar y de los servicios especiales.
La atmósfera en cubierta cambió al instante.
El coronel salió a cubierta con la misma arrogante seguridad de siempre.
Pero, al cabo de un momento, vio algo que le heló la sangre.
A ella.
Viva.
PÁLIDA, CON LAS MANOS VENDADAS, PERO DE PIE FRENTE A TODOS.
Lo miraba tranquilamente.
Sin gritar.
Sin odio.
Y fue justo entonces cuando el coronel comprendió que su plan se había derrumbado por completo.
Los agentes se acercaron a él sin decir una palabra.
Ante los ojos de toda la tripulación, le pusieron las esposas.
LAS MISMAS PERSONAS QUE EL DÍA ANTERIOR HABÍAN APARTADO LA MIRADA, AHORA OBSERVABAN EN SILENCIO, SIN PODER CREER LO QUE ESTABAN VIENDO.
El coronel quería deshacerse del problema.
Pero al final… él se convirtió en el problema.
