Siguiente estación. El vagón se balanceó ligeramente, las puertas se abrieron con un siseo y una oleada de nuevos pasajeros entró en el interior. Unos bajaban, otros se abrían paso con dificultad hacia dentro con bolsas, paraguas y rostros cansados.
Entre los que subían había una mujer de unos cincuenta años. Tacones altos, un largo abrigo gris, maquillaje marcado y una mirada irritada. En el hombro llevaba un pesado bolso de cuero. En una palabra: el tipo de persona que cree que todos le deben algo.
Caminaba por el pasillo y golpeó con la rodilla al chico que estaba sentado junto a la ventana. Simplemente lo golpeó. Sin siquiera intentar disculparse. Después de unos pasos, de pronto se detuvo. Se volvió, como si solo entonces hubiera recordado su misión de impartir justicia.
— Claro, tú ahí sentado tan cómodo — soltó con tono provocador. — ¿Y los demás qué? ¿Solo piensas en ti? Tienes las piernas ocupando medio vagón… ¿Tus padres no te enseñaron a respetar a la gente?
El chico levantó la mirada. Todavía llevaba los auriculares puestos. Se quitó uno con calma, sin movimientos bruscos. Miró a la mujer. No asustado, no agresivo; simplemente la miró.
— ¡Te estoy hablando a ti! — alzó la voz la mujer. — ¿Tan difícil es cederle el asiento a una mujer? ¿O es que te parece que el mundo gira a tu alrededor?
En el vagón cayó el silencio. La gente empezó a volverse. Dos adolescentes que estaban de pie en una esquina se enderezaron un poco, esperando ver cómo continuaba la situación. Todo parecía como siempre: él enseguida contestaría con insolencia, ella se enfadaría todavía más, después vendría una discusión, gritos, quizá incluso seguridad.
PERO EL CHICO DE PRONTO HIZO ALGO QUE NADIE ESPERABA 😱
El chico bajó de pronto la mirada y dijo en voz baja:
— Lo siento.
Se levantó.
Y entonces todos vieron cómo el asiento que había dejado libre se inclinó lentamente hacia atrás: con un fuerte chirrido se hundió por su propio peso y quedó colgando torcido junto a la pared del vagón.
El respaldo se sostenía solo por una fijación lateral, y de debajo del asiento desplazado sobresalían muelles metálicos y una estructura de plástico rota. Se veía de inmediato que sentarse allí sin apoyarse rozaba el milagro.
El chico permanecía de pie en silencio. Se balanceaba ligeramente, como si se le hubiera entumecido la pierna.
EN EL VAGÓN CAYÓ UN SILENCIO INCÓMODO. LA MUJER SE QUEDÓ PARALIZADA POR UN MOMENTO. MIRÓ EL ASIENTO ROTO, LUEGO DE NUEVO AL CHICO.
— Yo… no lo sabía — murmuró en voz baja. — Perdón.
El chico solo asintió levemente, volvió a ponerse el auricular y se giró hacia las puertas.
